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Paula Ruiz del Coro
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Paula Ruiz del Coro2026-05-05 06:48:522026-05-04 19:36:33Literatura verde: Confesiones de un Ecologista en RehabilitaciónNací hace 65 ppm. “ppm” son las siglas de partes por millón, una unidad de medida usada para calcular la cantidad de un gas que hay en otro gas. En este caso, CO2 disuelto en el aire de la atmósfera. Mientras escribo estas palabras, hay 433 ppm de CO2 en el aire. Saca las cuentas. Nací bajo los 400 ppm, que en los años 70 era el objetivo por no superar si queríamos mantener otro gran objetivo de la lucha contra el cambio climático, esos famosos 1.5ºC de calentamiento de la temperatura anual sobre los niveles preindustriales. 65 ppm después, la lucha ha cambiado: la idea ahora es no superar para final de siglo el intervalo de 2 a 4ºC. Dos, no parece tanto más que 1.5, pero ¿cuatro? Es algo más del triple del objetivo inicial.
Nací en el año de la quinta Conferencia de las Partes (COP) sobre el Cambio Climático, y el año pasado seguí la trigésima con atención. Durante todos los años que he conocido de movimiento y acción climáticas, ha habido dos constantes. Una, que pese a pequeñas victorias – increíblemente valiosas y que merecen todo el reconocimiento –, los cambios estructurales en el sistema necesarios para realmente tener un efecto palpable no llegaban. Y dos, el activismo climático era, ante todo, el estandarte de la no violencia. Las protestas consistían en sentarse frente a las reuniones de petroleras, desplegar pancartas en monumentos, manifestaciones en las que se explicaba por activa y por pasiva que el método de protesta era el no-violento. “Tenemos que hacerlo todo bien y por las buenas, para que nos escuchen. Sólo así serán válidas, y validadas, nuestras reclamaciones.” 65 ppm, 25 COP y 1.5ºC de calentamiento después, ¿quién ha hecho caso a las peticiones?
Llegados hasta aquí, tengo una pregunta para ti: ¿cómo te sientes? ¿Te sientes triste? ¿Impotente? ¿O te has enfadado? Estas palabras, ¿te empujan a desesperarte, o a luchar más fuerte contra el cambio climático? Hace un tiempo hablamos sobre las eco-emociones: eco-ansiedad, eco-depresión y eco-rabia. Espero que estés más enfadado que triste o ansioso, es más útil.Y menos peligroso, como ahora veremos. Hoy vengo a hablarte de dos caras del movimiento climático: el catastrofismo (y sus derivados) y la defensa de la acción “violenta”, ambas íntimamente ligadas con estas emociones que mencionamos.
Las retóricas catastrofistas: ¿ha llegado la hora de rendirse?

Figura 1: Manifestación de Peoplesclimate en Melbourne, pancarta que dice “Antropoceno: vinimos, conquistamos, desaparecimos”. Foto de Takver. Fuente: Wikimedia commons.
De la desesperación y la impotencia surgen las ideologías catastrofistas – doomism en inglés – representadas principalmente por ideólogos como Roy Scranton, Jonathan Franzen, o el ya conocido Kingsnorth. Y tal y como se puede intuir por el nombre de esta corriente ideológica, no tienen grandes esperanzas en el futuro. Sostienen que hay que aprender a vivir con lo que hemos causado en el planeta, y afirman que no hay nada que hacer, ya que "los seres humanos son los asesinos del mundo natural” [1]. De este tipo de discursos, fatalistas y que, desde luego, no impulsan a nadie a querer cambiar las cosas, pueden surgir también ciertas ideologías peligrosas, como el ecofascismo o la línea actual de la Deep ecology (traducido como Ecología profunda). Cierto es esta última en sus inicios supuso un gran aporte al campo de la ética ambiental, cómo las teorías de su fundador Arne Naess [2], que hablaba de la necesidad de desarrollar una conciencia ecológica sobre el papel de la humanidad como parte y no propietaria de los ecosistemas de la Tierra, ser consciente de los límites de estos, y reconocer el valor intrínseco de todo lo no-humano.
Sin embargo, en los últimos años, personas que dicen adscribirse a esta corriente se han centrado mucho en la parte de “respetar los límites de los ecosistemas”, tanto que argumentan que la solución es reducir los números de la población humana en la Tierra. El discurso de que "los seres humanos son parásitos" es una pendiente resbaladiza. El ecólogo social Murray Bookchin se preguntaba al respecto "¿qué era lo que había transformado al hombre en un ‘parásito tan destructivo’?". Al fin y al cabo, el ser humano es un animal gregario y social, o lo era, que se organizaba en comunidades en las que la colectividad y la cooperación eran lo más importante, y dependía de la salud del ecosistema que lo rodeaba para sobrevivir. Según Bookchin, la raíz del problema se encuentra en un sistema y organización que drenan al ser humano de su naturaleza comunitaria y solidaria, y que además son contraproducentes para con el ecosistema [3].
“[El sistema y la organización actual de la sociedad] socavan el espíritu humano y la comunidad, y la viabilidad del planeta y de todos sus seres vivos",
El problema no sería en este caso intrínseco a la naturaleza humana, y tendría, por tanto, una solución. El problema de los fatalistas no suele ser que la nieguen, muchos de ellos reconocen que las emisiones se reducirían si se realizan ciertos cambios. Lo que sostienen es que una “reorientación radical de la producción y de la economía” simplemente no va a suceder. Y, por tanto, su propuesta es aceptarlo estoicamente. Esta aceptación, casi más nihilista que estoica, nos devuelve al punto sobre lo poco útil que es la tristeza o la ansiedad a la hora de generar respuestas. Sobre todo, porque, como ya hemos expuesto, sabemos que hay soluciones posibles.
¿Y probables? ¿Merece la pena luchar? Tal y como dice el periodista David Wallace-Wells,“la lucha no se da por perdida todavía, no se da nunca por perdida mientras evitemos la extinción, porque por mucho que se caliente el planeta, la década siguiente siempre podrá contener más o menos sufrimiento” [4]. Y realmente es así. Si no podemos evitar que el calentamiento global quede bajo el umbral de 1.5ºC, podemos intentar en la medida de lo posible que quede bajo 2ºC. Y esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cuál es la medida de lo posible?
Acción climática: ¿dónde están los límites?
Entramos aquí en otro dilema. Sí, la situación no pinta nada bien. Sí, tenemos las soluciones. Las conocemos, al menos. Sabemos qué hay que hacer para reducir emisiones, detener la subida de las temperaturas, reducir la sobreexplotación de materias primas, … Y lo más importante, lo hemos dicho. Científicos, activistas y el movimiento ecologista en general lleva décadas intentando transmitirlo: primero, la existencia de la crisis. Después, su magnitud. Y mientras tanto, las soluciones que había. Todo de manera civil y, en palabras del profesor de Ecología humana, Andreas Malm, “amable e incluso extremadamente suave”. Esta es su principal hipótesis en el libro Cómo dinamitar un oleoducto [5]. El título puede parecer una provocación – lo es, no se piense nadie que esto es un manual de instrucciones –, pero su propuesta es exactamente la que da a entender: no cree que el camino pacifista actual esté dando todos los frutos que debería.

Figura 2: Manifestación de FridaysForFuture y pancarta con el lema “Respeta la existencia o espera la resistencia”. Foto de Leonhard Lenz. Fuente: Wikimedia Commons
Dentro de los numerosos aspectos de la crisis climática, se centra sobre todo en las emisiones de gases de efecto invernadero y el consiguiente calentamiento global, y centra sus propuestas en maneras de combatir las emisiones de CO2 y el uso de combustibles fósiles. En lo que es un análisis detalladamente documentado sobre otros movimientos sociales, véase la lucha por el sufragio femenino, el abolicionismo de la esclavitud, o los movimientos por los derechos laborales, una de las conclusiones que saca puede ser desorientadora: ningún otro movimiento se ha ceñido de manera tan estricta al pacifismo absoluto como el ecologista. La otra diferencia con las luchas apenas mencionadas es que el uso de combustibles fósiles no es como tal una medida política, como el sufragio restringido o la duración de la jornada laboral: se trata de las tecnologías que permiten el funcionamiento del sistema cómo tal, la base del “business-as-usual". En palabras de Malm, el uso de combustibles fósiles no es un mero detalle secundario a la democracia burguesa actual, es la forma material del capitalismo contemporáneo.
A lo largo del libro, Malm desarrolla una serie de propuestas que son, cuando menos, bastante provocadoras que se basan en una idea: la potencial utilidad de ciertas acciones violentas – siempre sobre propiedades y nunca ejercidas contra seres humanos – para empujar los límites de lo que puede conseguir el movimiento climático. Esto podría recordar a otras acciones bastante polémicas en su día. Pero ¿cómo propone él empujar estos límites? Con el sabotaje a aparatos o infraestructuras emisoras de gases de efecto invernadero. Si bien reniega de la violencia contra otras personas, Malm reconoce que la destrucción de la propiedad privada es violenta, “pero diferente de la violencia que afecta a las personas" y puntualiza que reniega del sabotaje que "afecte a las condiciones materiales para la subsistencia". Una de las acciones que usa como ejemplo es una que realizó su grupo, ya en el 2007, cuando varios activistas recorrían los barrios más acaudalados de las ciudades suecas y desinflaban las ruedas de los SUVs – que son de los coches más contaminantes que hay – para evitar su “innecesario” uso. Llama al sabotaje también de jets privados, superyates, u otros tipos de dispositivos causantes de lo que llama “emisiones de lujo”, aquellas que se generan por consumos no esenciales y que van más allá de las “emisiones de subsistencia”, es decir, las que satisfacen las necesidades humanas básicas. Cita un conocido estudio publicado en nature Climate change, en el que se documentaba como el 0.54% más rico del planeta emite un tercio más que la mitad más pobre de la población mundial [6].
Malm sostiene que el sabotaje que propone sería útil en varios aspectos: demostraría que se pueden retirar del mercado estos dispositivos emisores, y a su vez desincentivaría las inversiones en tecnologías emisoras. Tampoco es ajeno a lo radical de sus propuestas, y sostiene también que las acciones realizadas se tienen que hacer de manera planificada, consciente, y manteniéndose a unos niveles que "eviten alejar demasiado a los posibles partidarios". Si bien es imposible tener detractores, su tesis es que "mientras se pueda explicar el objetivo, el plan, y su ejecucióna una mayoría de personas, podría también ser una manera de llevar un paso más allá la conciencia ambiental colectiva y generar cambios.
¿Sería realmente útil?
Si bien queda demostrado que el catastrofismo y las retóricas más derrotistas no sirven de mucho para generar cambios en la población, no podemos estar tan convencidos como Malm de que sus propuestas sean mucho mejores. Parece ser que algunas acciones, como la que menciona en el libro sobre los SUV llegaron a reducir la demanda de estos vehículos hasta un 27% en el país. Por otra parte, no ha habido – tal y como él dice – acciones como las que propone a un nivel considerable. Desde luego, el libro y sus tesis no se pueden describir de otra manera que provocadores. Invitan al lector a hacer una reflexión sobre los límites de la protesta, y obligan a cuestionar la situación, a nosotros mismos, y al autor en gran medida.
Cabría también añadir un punto que el autor menciona, quizás demasiado brevemente: el rechazo y/o el apoyo social. Si bien menciona, como ya hemos visto, el potencial de empujar el sentir social hacia una perspectiva cada vez más ambiental, podría estar infravalorando el rechazo que las acciones de sabotaje podrían levantar en el sentimiento popular. Por mucho que reconozca que "un movimiento climático sin apoyo social se queda en el vacío", deja de lado desarrollar precisamente eso: una conciencia ambiental colectiva. ¿Es ese el punto actual? ¿Realmente cree que existe un sentir ambiental tan poderoso en la población general que apoyaría este tipo de sabotajes? Desde luego yo no me atrevería a responder tan rotundamente a las preguntas que se hace Malm, pero sí quisiera recuperar una frase de Bookchin sobre la búsqueda de soluciones a la crisis climática: "nunca se es lo suficientemente extravagante a la hora de dar rienda suelta a la imaginación del hombre",
Si te ha intrigado cualquiera de las propuestas aquí presentadas, nos encantaría conocer vuestras opiniones, así que, para debates sobre ello o los libros, ponte en contacto con nosotros en Instagram (@greenmarked.it) o por e-mail (info@greenmarked.it).

REFERENCIAS:
[1] Berry M. (18 July 2018) Roy Scranton Calls for Acceptance of a Future Defined by Climate Change. Retrieved from https://www.sierraclub.org/sierra/roy-scranton-calls-for-acceptance-future-defined-climate-change
[2] Naess A. (1973) The shallow and the deep, long‐range ecology movement. A summary, Inquiry, 16:1-4, 95-100. Retrieved from https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/00201747308601682
[3] Bookchin M. (1964) Ecology and revolutionary thought.
[4] Wallace-Wells D. (2 February 2019) The devastation of human life is in view: what a burning world tells us about climate change. Retrieved from https://www.theguardian.com/environment/2019/feb/02/the-devastation-of-human-life-is-in-view-what-a-burning-world-tells-us-about-climate-change-global-warming
[5] Malm A. (2021) How to blow up a pipeline: Learning to fight in a world on fire.
[6] Otto I.M., Mi Kim K., Dubrovsky N., Lucht W. (28 January 2019). Shifting the focus from the super-poor to the super-rich. Retrieved from https://www.nature.com/articles/s41558-019-0402-3
Imagen de portada:
Vista aérea de la mina de carbon a cielo abierto en Welzow Süd (Alemania) y la pancarta de “Ende Gelände” que dice “Que se quede bajo tierra”. Foto de Rikuti. Fuente: Wikimedia Commons




















