Tirar la comida no es simplemente desperdiciar la comida en sí, también se desperdicia todo lo que ha sido necesario para producirla. Si cogemos como ejemplo una hamburguesa, se necesitan unos 2400 litros de agua y se emiten cerca de 3kg de CO2 para producirla [3]. Ahora sólo queda multiplicarlo por los miles de millones que se consumen al año, y además sumar las toneladas de carne que no se llegan a comer.
Cuando la comida se pudre en los vertederos produce metano, un gas de efecto invernadero que es más de 21 veces más contaminante que el dióxido de carbono [4]. Al mismo tiempo, hectáreas y hectáreas de tierra se dedican a cultivos y al ganado, agotando el suelo y acelerando la deforestación. Y todo ello sólo para que una parte de la cosecha termine en la basura.
Esto va más allá de un desastre medioambiental, también es social. A un lado de la cadena nos vemos forzados a comprar más de lo que necesitamos por la sobreproducción y el consumismo. En el otro lado, algunas familias sufren para pagar la cesta básica de la compra y otras familias sufren para poder producir en unas condiciones irrisorias. Y en el medio, miles de millones de toneladas de comida perfectamente consumible simplemente se descartan. Se tiran. Vivimos en un mundo en el que esto es normal, incluso esperable.
Cierto es que luchar contra todo un sistema es algo complicado, pero hay algunas maneras sencillas para poder reducir el desperdicio y el impacto que tienen nuestras dietas.